La transición energética es un proceso histórico que redefine la manera en que la humanidad produce, transporta y consume energía. Impulsada por la urgencia de mitigar el cambio climático, la acelerada innovación tecnológica y una presión social cada vez más marcada, representa un reto profundo para las industrias basadas en combustibles fósiles, pero también abre un abanico de oportunidades para quienes sepan adaptarse.
En este análisis, Ricardo Zaleta Gea examina la transición energética desde la perspectiva de la industria petrolera, evaluando su papel presente, los riesgos que enfrenta y las estrategias que pueden permitirle seguir siendo un pilar económico en un mundo cada vez más descarbonizado.

¿Qué es realmente la transición energética?

Más allá de un simple cambio tecnológico, la transición energética implica una reconfiguración estructural del sistema energético global. Se trata de sustituir gradualmente el uso de carbón, petróleo y gas natural como fuentes primarias de energía, por fuentes renovables como la solar, la eólica, la geotérmica, la mareomotriz y, más recientemente, el hidrógeno verde.

El concepto no es nuevo. A lo largo de la historia, ya hemos vivido transiciones energéticas: de la biomasa a la era del carbón en el siglo XVIII, y posteriormente del carbón al petróleo y gas natural en el siglo XX. Sin embargo, la actual se distingue por su motivación central: la urgencia climática y el objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a cero neto hacia mediados de siglo.

El papel actual del petróleo

Aunque las narrativas mediáticas suelen anticipar un futuro sin petróleo, la realidad económica es más matizada. El petróleo sigue siendo el motor de múltiples sectores:

  • Transporte marítimo y aéreo: altamente dependientes de combustibles líquidos por su densidad energética.

  • Industria petroquímica: donde el petróleo no se quema, sino que se transforma en plásticos, fertilizantes y productos químicos esenciales.

  • Generación de electricidad en regiones aisladas: donde las renovables aún no son viables de forma continua.

Según datos de la Agencia Internacional de Energía (AIE), la demanda global de petróleo alcanzó en 2023 niveles récord cercanos a los 102 millones de barriles diarios, impulsada sobre todo por economías emergentes de Asia y África.

Retos para la industria petrolera

La transición energética impone una serie de retos interconectados:

  • Marco regulatorio cada vez más estricto
  • Desde el Acuerdo de París de 2015, decenas de países han implementado leyes que penalizan las emisiones, obligando a las empresas a replantear sus procesos y reportes de sostenibilidad.
  • Cambio en las expectativas de inversionistas
  • Fondos y bancos internacionales privilegian proyectos con bajas emisiones, obligando a las petroleras a destinar parte de su capital a energías limpias o a tecnologías de captura de carbono.
  • Competencia tecnológica
  • Nuevos actores, como empresas de energía solar y eólica, están ganando terreno, forzando a la industria tradicional a innovar para no quedar rezagada.
  • Percepción pública y presión social
  • La opinión pública, alimentada por la creciente conciencia ambiental, exige compromisos reales de reducción de emisiones, lo que impacta directamente en la reputación corporativa.

Oportunidades para adaptarse

La historia demuestra que las industrias que sobreviven a cambios estructurales son aquellas que anticipan y lideran la transformación, no las que se limitan a reaccionar.

  • Integración de energías renovables en operaciones
  • El uso de energía solar y eólica para alimentar plataformas y refinerías no solo reduce emisiones, sino también costos operativos en el largo plazo.
  • Digitalización y eficiencia operativa
  • La incorporación de IoT, inteligencia artificial y gemelos digitales permite optimizar la extracción, transporte y refinación del crudo, minimizando el consumo de energía y el desperdicio.
  • Captura, utilización y almacenamiento de carbono (CCUS)
  • Esta tecnología permite atrapar el CO₂ emitido en procesos industriales y almacenarlo bajo tierra o reutilizarlo en procesos productivos, funcionando como un puente entre el modelo actual y uno más limpio.
  • Diversificación de portafolio
  • Algunas compañías han invertido en parques eólicos, plantas solares y proyectos de hidrógeno verde, asegurando una presencia relevante en el mercado energético del futuro.

Casos de éxito internacionales

  • Equinor (Noruega): combinó producción petrolera con parques eólicos offshore.

  • TotalEnergies (Francia): diversificación hacia solar y almacenamiento de energía.

  • Petrobras (Brasil): investigación en biocombustibles avanzados y energía oceánica.

Estos ejemplos demuestran que la transición no implica abandonar el petróleo de forma abrupta, sino integrarlo inteligentemente en una matriz energética más limpia.

Implicaciones geopolíticas

La transición energética también reconfigurará las relaciones internacionales. Países con grandes reservas de petróleo pero sin diversificación económica podrían enfrentar tensiones fiscales y sociales, mientras que aquellos que logren reinvertir sus ingresos fósiles en energías limpias podrían mantener su relevancia geopolítica.

La transición energética es inevitable, pero el tiempo y la forma en que se desarrollará dependen de factores políticos, económicos y tecnológicos.
Para la industria petrolera, no se trata de resistir el cambio, sino de liderarlo. Las empresas que inviertan hoy en innovación, eficiencia y sostenibilidad serán las que continúen siendo relevantes en el mercado energético global del mañana.